Tenemos que empezar a hablar de la carne (los médicos también)

La nutrición es una ciencia relativamente joven y a la que tradicionalmente se ha dado poca importancia en la formación de los médicos. Por supuesto en la facultad nos enseñan unos cuantos conceptos básicos y nos aprendemos bien las enfermedades carenciales – aquellas que se producen por la carencia de uno o varios nutrientes y que han sido tan frecuentes en la historia de la humanidad. Pero no mucho más.

Si los médicos y otros profesionales sanitarios hemos prestado poca atención al impacto que tiene la alimentación en el mantenimiento y la promoción de una buena salud y en la prevención de enfermedades, otros aspectos de la alimentación que van más allá de los efectos sobre la salud humana ya nos pillan con el paso completamente cambiado.

Pero es que la alimentación no nos afecta solo a cada uno de nosotros individualmente. Cada alimento que comemos o dejamos de comer afecta de igual manera, o más, a otros seres humanos, aunque vivan muy lejos de nosotros. La producción de alimentos, su transporte y comercialización, y otros aspectos relacionados impactan también sobre las vidas de trillones de animales de todas las especies, sobre el clima y los recursos naturales, sobre las relaciones comerciales y económicas entre los países y entre agricultores y grandes multinacionales. Las elecciones que hacemos en materia de alimentación tienen una enorme repercusión social y política, más de la que advertimos a simple vista. Podemos decir sin duda que “comer es un acto político.”

Por ello es tan relevante que una de las mejores revistas médicas, The Lancet, haya publicado una editorial en la que advierte de los estragos que la producción de carne está teniendo en la salud humana y planetaria, y las medidas que deberíamos tomar para evitar el desastre al que nos dirigimos. Es una llamada de atención a la clase médica, pero también al resto de la sociedad, para que dejemos de mirar a otro lado. Al menos, dicen, “tenemos que empezar a hablar de ello”.

El artículo, que se puede leer completo en su versión original en inglés, empieza así:

El debate sobre la idoneidad ética de consumir o no carne tiene una gran carga emocional y puede que nunca concluya, pero ha sido solo recientemente que el impacto climático de la cría de ganado y los problemas nutricionales y de salud causados ​​por el consumo de carne se han convertido en una preocupación apremiante.

La producción de carne no solo afecta a los ecosistemas a consecuencia de la emisión de gases (de efecto invernadero); ya hay estudios que examinan su efecto en el uso del agua dulce a nivel mundial, en los cambios en el uso de las tierras y en la acidificación de los océanos. Un estudio reciente publicado en la revista Science afirma que incluso la carne que produce un menor impacto causa “mucho más” impacto medioambiental que las formas menos sostenibles de producción vegetal. Las presiones poblacionales, con una población global que se prevé que aumentará en un tercio entre 2010 y 2050, nos empujarán más allá de este punto crítico.

A continuación la editorial valora la conveniencia y utilidad de imponer impuestos especiales sobre el consumo de carne (como ya se hizo en su momento con el tabaco) ya que, según otro estudio publicado en la revista Plos One, “los costes relacionados con la salud directamente atribuibles al consumo de carne roja y procesada serán de 285.000 millones de dólares (estadounidenses) en el año 2020, o el 0,3% del PIB mundial. El 4,4% de todas las muertes en el mundo podrían estar causadas por el consumo de carne roja o procesada…”

La editorial termina así:

Entonces, ¿cuál es la cantidad de carne roja o procesada que se puede considerar saludable? Cada vez parece más claro que la respuesta, tanto para el planeta como para las personas es: muy poca. Pero una cosa es decirlo y otra es conseguir que la humanidad encuentre el equilibrio entre nuestro deseo de comer lo que queramos con nuestra necesidad de preservar el ecosistema del que dependemos para sobrevivir. Hay que empezar a hablar sobre esto ya.

La sociedad escucha y valora los mensajes que damos los médicos. Esto conlleva una enorme responsabilidad, pero también la oportunidad de contribuir a crear una sociedad más justa y un planeta más sostenible. Estemos donde estemos: en un Centro de Salud, en un hospital, en un programa de televisión, o asesorando a una administración pública, no podemos seguir hablando de la alimentación en los mismos términos reduccionistas y miopes con que lo hemos hecho hasta ahora, porque las implicaciones de consumir unos alimentos u otros son globales. No basta con que un alimento “tenga hierro” o “tenga proteínas” para que eso lo haga adecuado para la alimentación humana. ¿Es beneficioso para la salud en términos generales?, además de a mi paciente, ¿cómo afecta su consumo a otros seres humanos?, ¿qué impacto social y medioambiental conlleva su producción?, ¿hay alternativas mejores?, son preguntas que tenemos la obligación de plantearnos.

La consecuencia de no pensar en estos términos es que se genera una situación contradictoria que confunde mucho a la población: por un lado científicos de diferentes disciplinas, agencias internacionales como la FAO o la OMS y organizaciones no gubernamentales dedicadas a la protección del medio ambiente y a la lucha contra el cambio climático no dejan de recomendar una reducción drástica y urgente en el consumo de productos animales; por el otro tenemos a una clase médica desinformada y ajena a estas inquietudes que solo sabe repetir que la carne “tiene hierro y proteínas”. Ojalá que el editorial de The Lancet contribuya a abrir las mentes de los profesionales sanitarios y a hacernos más conscientes de la repercusión de los consejos que damos y de los mensajes que transmitimos.

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